Tengo una cabezonada

Se acabó. Al menos de momento, la candidatura de Madrid para ser sede de los JJOO ha terminado. Al final salió elegida Río de Janeiro y a la votación final llegó Madrid. Como bien se apuntaba desde este mismo espacio -autopromoción de la promoción... próximas profecías dentro de poco- el problema de la candidatura era que, según todos los estudios pagados y realizados hasta la fecha, Madrid seguía estando en Europa. Teniendo esto en cuenta, y asumiendo que París, Praga y Moscú habían decidido informalmente presentarse a los JJOO de 2020, y asumiendo que tres JJOO -¡tres oiga!- no iban a celebrarse en el mismo continente, pues la derrota de Madrid era de cajón.

La lógica, claro, era gastar en la presentación de la candidatura. Gastar y gastar y que ese gasto permitiera seguir con unas obras injustificables sin proyecto olímpico y que hacen que el Ayuntamiento de Madrid se endeude y se endeude hasta fines insospechados.

Sin que sirva de amenaza ni acusación pública, pues jamás cuestionaré las decisiones judiciales, desde aquí también se plantea una cuestión. Si alguien ha parado a reflexionar sobre la trama de corrupción que aparentemente salpica al PP de Madrid se habrá dado cuenta de que la lógica de esta trama era la siguiente: Institución pública gobernada por el PP – eventos públicos para promoción de políticas de esta institución encargada a un amigo del partido – aumento de las facturas del evento – reparto del beneficio entre varios agentes políticos, incluido aparentemente el partido. Siguiendo esta lógica, a mí me gustaría que el siguiente alcalde de Madrid, presuponiendo que Ruiz Gallardón retire su candidatura en 2011 por diversos motivos, salga elegido con un compromiso claro de hacer una auditoría pública a las cuentas del equipo que ha gobernado la ciudad desde 2003.

Porque no es lógico que el IBI de Madrid se multiplique exponencialmente cada año, que además se cree una tasa de basuras desorbitada -105€ para una casa de 70m2 y 150€ para una de 100m2 en el distrito de Tetuán- que ya venía incluida en ese mismo IBI año tras año.

Así pues queremos saber dónde se han ido los dineros de una ciudad, y cuestionarnos para qué. ¿Cuánto ha cobrado la señora Mercedes Coghen para mover una candidatura que desde el comienzo se sabía que no iba a llegar a buen puerto? ¿Dónde están esos 600 millones de euros que dicen que ha costado la fiesta? ¿En las cuentas de quién? ¿Quién firmó las facturas, recibió algo a cambio?

Todos los “analistas” ahora coinciden en señalar -como siempre- que Madrid era la mejor preparada de todas y que si no ha saltado la liebre en favor de la candidatura de la corazonada es simplemente porque el COI es un nido de seguidistas de Rooge, el presidente, y no tienen unos criterios claros a la hora de decidirse por una ciudad o por otra. ¡La culpa es del empedrado!

Pues bien, ya son dos las veces que la ciudad ha tenido la tremenda suerte de no caer en los planes megalomaníacos de un equipo de gobierno a quien la ciudad les importa un pito. Ahora, lo que corresponde a los medios, la oposición y las instituciones judiciales, pero sobretodo a los ciudadanos, es pedir responsabilidades y controlar qué se ha hecho en las empresas Madrid 2012 y Madrid 2016, generar debate para evitar que esta pandilla de incontrolados firmadores de cheques con dinero que no es el suyo, decida embarcarnos en la absurda aventura de Madrid 2020.

Madrileños, ¡Vivan los trajes de Camps!

Madrileños, ¡Viva Río de Janeiro!

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Impopular




Pues vale, ya está dicho. el_situacionista va con Chicago 2016.
O con Río.
O con Tokio.
Si hace falta hasta con Paris, que no se presenta.

Pero unos Juegos Olímpicos es lo único que esta ciudad no necesita.
Aunque ya saben que el negocio está en presentarse.

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La jugada de los Juegos


Pudiera ser muy bien cierto que, además de las motivaciones económicas -ya se sabe, el negocio es presentarse- los JJOO de Madrid, o mejor dicho, los no-JJOO de Madrid pudieran estar siendo la campaña de Gallardón para desembarazarse de su candidatura a la Alcaldía en el año 2011 y estar así "libre" de responsabilidades políticas para las presidenciales de 2012.

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Un Ayuntamiento Republicano

Las nuevas cintas aparecidas con actos políticos de la II República nos traen como regalo estas imágenes del último Alcalde del Madrid democrático y republicano aceptando la Casa de Campo de manos del Gobierno de la República.

Siguiendo el sentir de la época -en tiempo pasado las cosas suenan mejor- Pedro Rico, que así se llamaba el Alcalde, acepta el recinto como una obligación más que como un derecho. Es decir, advirtiendo que Madrid y los madrileños habrían de conservar la Casa de Campo, y que no fuera coto de cualquier actividad.

Hoy hay prostitución, campos de fútbol en el que juegan mafiosos y recintos deportivos en los que el otro Ayuntamiento hace negocio.

Madrileños ¡Viva la Casa de Campo!




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En Madrid, en realidad, no hace calor

El calor llega. El calendario amenaza con un cambio de estación que todos los madrileños han empezado a padecer inexcusablemente. Como cada año, y pese a que este ha sido uno en los que más primavera recuerdo, de repente y sin avisar, ha llegado la canícula. Un calor bochornoso que amenaza tormentas que no dejarán ni medio vaso de agua para acompañar el café con leche y porra del desayuno de mañana. Y es que en Madrid, el calor más que un fenómeno meteorológico es un padecimiento ideal para construir recurridas frases sociales:

(Entrando en el ascensor)
- Buenos días – Desconocido 1 –
- Buenos días – Desconocido 2 –
(Incómodo silencio)
- ¡Menudo calor! – Desconocido 2 mientras suspira y hace gestos –
- ¡Una barbaridad! – Desconocido 1 haciendo que se seca la frente –

Y es que está calorina tiene un componente mítico. Una queja ancestral que ha perdurado a lo largo de los años. Sin embargo, no por vieja tiene que ser cierta esta creencia. De hecho, en realidad, en Madrid, lo que es calor, no hace. O al menos no lo ha hecho siempre. Antiguamente, en el período que va de la muralla árabe a la llegada de los Borbones, Madrid, en verano, era una delicia. Por supuesto que la temperatura se elevaba. Y por supuesto que los sudores llegaban. Pero en ningún caso como se exagera. Y es que la temperatura era más bien moderada (no sin excepciones claro). Pero poco a poco la Corte empezó a quejarse (figúrese que hasta se trasladaban). Algo normal si tenemos en cuenta cómo va de encorsetada la Corte. Seguramente, esto es una hipótesis, se debió a un avispado vendedor de abanicos que comenzó a lanzar bulos sobre las elevadas temperaturas para incrementar sus ventas. Y claro, ya se sabe que el Sol de Madrid es un caballero más de los muchos que transitan por nuestro firmamento, y no iba a ser él quien dejase mal a una marquesa o duquesa. Si ésta quería usar su abanico, él ponía la excusa. Y así debió empezar el calor mítico de Madrid. Por una cortesía o galantería los veranos se volvieron insoportables. Pasaron los años y los cuarenta grados se superaban con facilidad, empezando a florecer las sillas en las corralas, a secarse los geranios y tornarse imposible el dormir de un tirón o con la ventana dificultando la entrada a los ladrones.

Pero no todos se creyeron la patraña del calor. Muchos matritenses, listos como pocos, arraigados como ninguno, sabían que esto del calor no era cierto, y así se creó el contramito, “en Madrid, en verano, se está de maravilla”. Y no era de extrañar que estos gatos fuesen los primeros en hablar de lo mucho que picaba Lorenzo en una ciudad llena de residentes de otros municipios (que es lo mismo que decir de otros pueblos pero en políticamente correcto), para que éstos se fuesen a su hogar a ver a la familia, regar el huerto o lo que sea qué se hace fuera de Madrid. Y así, a lo largo del siglo XX, y muy especialmente desde su segunda mitad, aparece un ciudad desierta, cerrada por vacaciones… llena de maridos abandonados por sus familias que no paran de repetirse los unos a los otros: “Madrid, en agosto, y con dinero… Baden, Baden” (Rodríguez dixit).

Toda una experiencia la de estar hace años en Madrid en verano. La capital parecía como un gran ministerio con un cartel gigante colgado que rezaba “ventanilla cerrada”. Y es que era difícil encontrar a un solo madrileño dispuesto a no disfrutar del período estival. El silencio se apoderaba de todo y hacia la mitad del mes de agosto las calles eran regadas por un generoso y fresco aire de la Sierra que permitía a los matritenses dormir de un tirón mientras pensaban en lo duro que sería el mes de agosto en esos municipios tan alejados de la Puerta del Sol.

Pero como todo lo bueno, en Madrid, también se acaba. Alguno de estos gatos, sin duda lleno de una enorme generosidad, se fue de la lengua y debió contarle a alguien que en Madrid, en verano, no sólo no hacia ese calor que contaban, sino que además se estaba de maravilla con la ciudad a sus pies. Y así fue de boca en boca hasta que cada vez fueron más los que decidieron quedarse en Madrid en verano para disfrutar de ese paraíso sin igual. Tal era la expectación que empezaron a llegar personas de todas partes del mundo. Unas aglomeraciones que han hecho que el Madrid de junio no se distinga demasiado del de agosto. Aiinnss, se acabó lo bueno. Menos mal que entre el mito y el contramito, por ver si esto volvía a lo de antes, el calor regresó con fuerza. No porque haga calor, ya saben que no lo hace, sino sólo porque los madrileños siguen repitiendo los mucho que pica Lorenzo a ver si se anima la gente al éxodo. Algo improbable en tiempos de crisis. Que no hay un duro para mojarse los pies en la playa y el Manzanares es poco amigo de los chapoteos. Así que me temo que este año, el calor, ¡cómo nunca!

Madrileños, ¡viva el cambio de estaciones!

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Emiliano, el de Cuatro Caminos

Fue un personaje más de mi universo infantil. Acodado en cientos de esquinas del barrio de Cuatro Caminos, Emiliano siempre se mostraba abierto con todo el que quisiera charlar con él. Inevitablemente acompañado por su pequeña jauría de perros, amables como su dueño, hacía y deshacía sus trajines a la vista de todo el mundo, sin ocultar nada y con toda la sinceridad de la que era capaz.

Sus perros le definían ante los ojos de la gente, que miraban sin ser capaces de observar. Para ser "el de los perros", bastantes le conocían ya en el barrio. Un carrito de supermercado, de los que no te obligan a empeñar una moneda, porque entonces no había de esos, hacía de transporte de sus pertenencias. Incluídos los cachorros que siempre regalaba al niño o niña que, con permiso de sus padres, se comprometiera a cuidarlos. Todos menos dos. Daba igual cuáles fueran, pero Emiliano siempre se quedaba con dos de entre todos sus perros. Imagino que macho y hembra, no hermanos y predispuestos a ser pareja.

Como estaba a la vista de todo el mundo, nadie le preguntaba por su vida. Se creaban cientos de mitos y de historietas asociadas a su suerte. Entre todas ellas, siempre se descartaban los problemas mentales, puesto que Emiliano se mostró en toda ocasión tierno, elegante y perspicaz ante quienes se acercaban a su carro. Se aseaba correctamente, lavando a conciencia su larga barba en los baños públicos de Bravo Murillo. Ninguno de los cuentos asociados a su vida parecía concretarse salvo uno, el más inverosímil sin duda.

Éste decía que antes de marcharse a vivir a la calle había sido físico. Catedrático de física de la Universidad Complutense de Madrid, para más señas. Allí habría impartido docencia durante veinte o veinticinco años, seguramente con la misma amabilidad con que más tarde repartiría cachorros y lecciones sobre la vida a quienes le quisieran escuchar. Al parecer, Emiliano vendría de buena familia. Gente educada pero humilde sin duda, pues su nacimiento había tenido lugar en el mismo barrio que ahora frecuentaba en compañía de su carrito. El hogar familiar se situaba en la Avenida de la Reina Victoria, a la altura del número 56, donde el deshabitado bulevar divide el trasiego de coches y donde se encuentra la histórica pasteleria La Azucena. Allí, todas las tardes, Emiliano recibía el cariño de los empleados que le distraían algún dulce para pasar la noche.

El subir y bajar de Emiliano por la calle le había hecho ganar amigos. Era habitual verle conversar con los camareros en las puertas de los bares. Nunca pidiendo nada, sólo ofreciendo conversación. Y también verle tomando un café con leche, acodado en el lugar más discreto de la barra del bar en el que ese día había sido invitado a desayunar.

Pero a nadie contaba si historia. A nadie aburría con sus motivos para abandonar la cátedra y dedicarse a la más pura vida contemplativa. Sólo ofreciendo cachorros y habla pausada.

Ocurrió un día que Emiliano decidió regresar a su piso en la Avenida de la Reina Victoria. Y al regresar, algo debió pasar dentro de aquel amable viejo, pues bajó vistido de smoking. Empujando su carrito calle abajo, se fue a encontrar con dos de los mejores amigos que la calle le había dado y conservado, dos camareros de diferentes bares. El primer bar, hoy ya extinto, en el que tantos cafés se había tomado y en el que dejó a cuenta al más fiel de sus compañeros, un pastor de color crema, alegre y elegante como pocos. En el segundo bar, ya en la misma glorieta de Cuatro Caminos y con el horrendo nombre del Museo del Jamón, fue testigo del préstamo -esos préstamos que nunca se han de devolver- del segundo y último compañero, una hembra sin raza determinada de color pardo, simpática pero reticente al acuerdo que su dueño había llegado.

Avanzando lentamente, cuenta la historia popular, que Emiliano dejó por primera vez sin anclar su carro. Justo debajo del puente que hoy ya no adorna la glorieta de los Cuatro Caminos. Y pasito a pasito, sin que nadie supiera muy bien hacia dónde, Emiliano abandonó para siempre el que era su barrio. Vestido de smoking y con la plateada y larga barba muy bien peinada.

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Geografía de la croqueta

En Madrid la cerveza es un Derecho y la tapa una Obligación –de la casa, por supuesto. Siguiendo este precepto inalcanzable en otros lugares como Bilbao o Donosti, donde la exquisita predisposición de sus pintxos es inversamente proporcional a la generosidad del tabernero, hemos crecido todos los matritenses (también ellas). Una tradición que en muchos bares de Madrid se está perdiendo de manera absurda, pues son ellos mismos quienes ven a sus generosos competidores abarrotados a todas horas mientras su barra se vacía y se llena siguiendo continuos espacio temporales incapaces de ser comprendidos.

Sea como fuere, la Historia de Madrid está unida a la de sus bares y la de éstos a la de sus tapas, que los identifican ante los paladares de sus clientes. Nadie recuerda el nombre del mesón del barrio al que todos acuden a comer rico champiñón a la plancha –con jamón, claro- o el lugar donde sólo los valerosos serían capaces de solicitar una de bravas. Simplemente con decir “vamos a comer champiñones”, todos saben dónde encontrarse. Un recurso estilístico de tan alta graduación literaria que hasta el mismo concepto de “tapa” viene derivado de su literalidad. Y es que a las tapas se las llaman “tapa” desde que en Madrid se hacía necesario tapar el vaso de vino con un plato para evitar engorrosos “barcos” en la bebida. Y ya se sabe, para los matritenses es de mala educación dar un plato vacío.

De entre todas las tapas posibles de cualquier bar, existe una de carácter inconfundible. Aquella tapa que define al resto de la carta. Una tapa para dominarlas a todas. Esta es, como no, la croqueta. Un bar en donde ponen buenas croquetas es un bar en donde se cocina bien. Y su contrario. Un bar donde las croquetas son malas, pies en polvorosa. La croqueta surge como alimento para aprovechar otros. Con apenas un poco de verdura, de queso, de pollo o de jamón, de pescado o de huevo, juntándolo con un poco de besamel y friéndolo como es debido, la sensación placentera se instala en nosotros y ya no podemos más que pedirnos otra.

El hecho es que Madrid, al estar lleno de bares está lleno de croquetas. Y salvo algunas contadas ocasiones, casi siempre de carácter positivo. Contadas ocasiones como la de uno de los bares de la Plaza de Olavide, de esos de tortilla de patatas con pimiento más ensalada a 12€, en el que se decidió encargar también una de croquetas tras asegurarnos el camarero que éstas eran “caseras”. Serían “caseras” porque llevaban tiempo sin salir de su congelador. Pero nos vamos a centrar en las mejores.

Por su añoranza, que no por su exquisitez, traemos a colación las croquetas del bar la Pepita, situado hasta este verano en un edificio semiruinoso del barrio de Malasaña. Baratas ellas, cumplían su función de hacer sopa en los estómagos cerveceros sin proponer más que un gusto amable y un regusto a todas sus hermanas fritas en el mismo aceite años atrás.

El escalón medio del podio de las croquetas en Madrid se lo lleva un clásico en las posadas de Madrid: Casa Labra, de la que ya se ha hablado en este blog –y en otro con absoluta redundancia. ¿Qué decir de las croquetas del lugar donde se fundó el PSOE sólo que de obreras tienen poco? Su excelente gusto burgués sabe mejor si se disfrutan frente a su puerta y no en el interior del local. Existen papeleras públicas que pueden hacer de mesas improvisadas y, sobretodo, eso de beber y comer en la calle cuando y donde la autoridad competente lo prohíbe expresamente, nos sabe bien rico a los matritenses. Ya se sabe, el Ayuntamiento siempre haciendo la puñeta. Las croquetas son de bacalao y su interior resulta tan suave y meloso que hacen que el_situacionista que esto escribe se vuelva loco con ellas aún no gustándole en demasía este tipo de pescado.

Pero el premio se lo lleva Casa Manolo. Sito en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, Casa Manolo lleva años y años ofreciéndonos la mejor croqueta de Madrid. Lo suficientemente grande como para que no nos queden ganas de tomar otra, y lo excelentemente deliciosa como para pedir una más. El ambiente del lugar, muy de antaño, invita al extraño a sentirse como en el bar de debajo de casa. Las mesas siempre están dispuestas a aceptar el descanso del paseante, pero la croqueta de Casa Manolo sabe mucho mejor acodado en la estrecha barra de mármol. Peleándonos por una esquina con Ministros recién salidos de la sesión del Congreso, o periodistas políticos que creen saber en qué consiste el proceso legislativo, deleitándonos con la cremosidad de la croqueta de jamón, uno puede escuchar al camarero recibir a un gran actor al saludo de “¡Buenas tardes Don Manuel!” y al tiempo no sentir el olor a rancio de un café como el Gijón.

Con esta descripción de la guarnición que acompaña la degustación de la croqueta en Casa Manolo, uno podría pensar que es este un bar exclusivo, un bar de exquisiteces encaminado a recibir continuamente a gente moderna o, cuanto menos, económicamente potente y políticamente bien situada. Sin embargo, Casa Manolo alberga una sorpresa más que sus deliciosas croquetas, haciéndonos saber que el hecho de que estemos tomando una caña rodeados de gente que se cree importante es más circunstancial que coyuntural, que el Congreso de los Diputados y los actores podrán ir y venir, pero que las croquetas y las cervezas les sobrevivirán.

Y esta sorpresa no es más que unos servicios que serían mejor llamados letrinas por no haber sido reformados desde antes de la invención del inodoro, y que no hacen sino recordarnos que la barra, la cerveza y la croqueta nos equiparan a todos y que los excusados nos alivian por igual.

Madrileños, ¡Vivan las croquetas de Madrid!

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